sábado, 13 de octubre de 2012

El General Quiroga va en coche al muere




El General Quiroga va en coche al muere
El madrejón desnudo ya sin una sed de agua
y una luna perdida en el frío del alba
y el campo muerto de hambre, pobre como una araña.
El coche se hamacaba rezongando la altura;


un galerón enfático, enorme, funerario.
Cuatro tapaos con pinta de muerte en la negrura
tironeaban seis miedos y un valor desvelado.
Junto a los postillones jineteaba un moreno.



Ir en coche a la muerte ¡qué cosa más oronda!
El general Quiroga quiso entrar en la sombra
llevando seis o siete degollados de escolta.
Esa cordobesada bochinchera y ladina




(meditaba Quiroga) ¿qué ha de poder con mi alma?
Aquí estoy afianzado y metido en la vida
como la estaca pampa bien metida en la pampa.
Yo, que he sobrevivido a millares de tardes
y cuyo nombre pone retemblor en las lanzas,
no he de soltar la vida por estos pedregales.
¿Muere acaso el pampero, se mueren las espadas?
Pero al brillar el día sobre Barranca Yaco
hierros que no perdonan arreciaron sobre él;
la muerte, que es de todos, arreó con el riojano
y una de puñaladas lo mentó a Juan Manuel.
Ya muerto, ya de pie, ya inmortal, ya fantasma,
se presentó al infierno que Dios le había marcado,
y a sus órdenos iban, rotas y desangradas,
las ánimas en pena de hombres y de caballos.
Jorge Luis Borges
(de Luna de enfrente)

jueves, 11 de octubre de 2012

Historia de Ángel Vicente Peñaloza



Ángel Vicente Peñaloza

Ángel Vicente Peñaloza
Ángel Vicente Peñaloza.jpg
Apodo
Chacho
Lealtad

Nacimiento
Fallecimiento
Ángel Vicente Peñaloza, apodado El Chacho, (n. Guaja (actual provincia de La Rioja), Virreinato del Río de la Plata, 2 de octubre de 1798 – † Olta, 12 de noviembre de 1863) fue un caudillo y militar federal argentino, uno de los últimos líderes de esa corriente alzados en armas contra el centralismo de Buenos Aires.
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Familia, infancia y juventud

Si bien no se ha podido encontrar su acta bautismal, se deduce que nació en 1796 en Malanzán, un pueblo de la Costa Alta de la Sierra de los Llanos, en el sur de la actual provincia de La Rioja. Era el hijo primogénito y legítimo de Juan Esteban Peñaloza y Úrsula Rivero. Sus abuelos paternos eran Nicolás Peñaloza —un próspero hacendado ganadero— y Melchora Agüero. Sus abuelos maternos eran Bernardo Rivero, hijo de un portugués, y Mercedes Torres. Todos ellos eran miembros de familias de largo arraigo e influyentes en la zona.
Fue educado en sus primeros pasos por un tío abuelo, el prestigioso sacerdote Pedro Vicente Peñaloza, que le puso de apodo "Chacho" —apócope de muchacho— en los primeros años de su vida, ya que consta que éste falleció en 1801, es decir cuando aquél tenia solo cinco años.
Se casó en la Iglesia de Malanzán el 10 de julio de 1822 con Victoria Romero de Orihuela, con la que tuvo tres hijos: dos de ellos fallecidos al poco tiempo de nacer, y Ana Maria Peñaloza, quien no dejó descendencia. Además adoptaron a un huérfano, hijo de un familiar llamado Indalecio Peñaloza, que se casó luego con Eudosia Flores Vera.

Lugarteniente de Quiroga

Desde joven fue oficial de milicias, bajo el mando de Juan Facundo Quiroga. En 1826 combatió con el grado de capitán en la batalla de El Tala, en la que fue seriamente herido por el ejército unitario de Gregorio Aráoz de La Madrid, tras esta batalla fue ascendido a capitán de milicias.
Más tarde fue uno de los principales jefes de escolta de Juan Facundo Quiroga, en la Batalla de Rincón de Valladares, en La Tablada y en Oncativo. Después de esta derrota participó en la reconquista de La Rioja para el partido federal, y se destacó en la Batalla de La Ciudadela —definitiva derrota unitaria— en que capturó un cañón con su lazo y lo arrastró hasta sus filas. Por este hecho, Quiroga le otorgó el rango de teniente mayor.
Desde su regreso a La Rioja fue comandante del Departamento de Los Llanos. Tras el asesinato de Quiroga, en 1836, colaboró en la invasión a La Rioja del gobernador de la vecina Provincia de San Juan, Martín Yanzón. Fueron severamente derrotados.

La guerra contra Rosas

Fue perdonado por el nuevo gobernador, Tomás Brizuela, y cuando éste se unió a la Coalición del Norte contra -el también federal, aunque porteño- Juan Manuel de Rosas, en defensa de la autonomía de su provincia, fue un importante apoyo.1 Los unitarios le impusieron como segundo jefe al coronel Joaquín Baltar, que resultó una pésima influencia. Apoyó la campaña de Juan Lavalle en su provincia, y acompañó a Gregorio Aráoz de La Madrid —su antiguo enemigo— en su campaña contra San Juan y Mendoza. En la batalla de Rodeo del Medio, la influencia de Baltar le impidió combatir, y fue una de las causas de la derrota. Tuvo que huir a Chile en 1841.
Al año siguiente regresó como parte de una campaña organizada por los exiliados unitarios desde Chile. Iba acompañado por Yanzón y el coronel Santos de León. La campaña había sido pésimamente preparada, basada en falsas noticias de sublevaciones contra Rosas; si bien el prestigio de Peñaloza les permitió obtener algunos éxitos, esto provocó la reacción del gobernador de San Juan, Nazario Benavídez, que lo persiguió hasta Tucumán y lo derrotó. De todas formas, Peñaloza regresó a Los Llanos, donde fue derrotado por segunda vez por Benavídez, en Illisca; y por segunda vez huyó a Chile.
Dirigió una segunda invasión en 1845 y derrotó al gobernador riojano. Pero, entendiendo que su causa no tenía sentido, pidió y obtuvo protección de Benavídez. Éste lo envió en 1848 —con el rango de comandante de milicias— a deponer al gobernador riojano Vicente Mota. Tras lograr su cometido, nombró en su lugar a Manuel Vicente Bustos, que lo nombró comandante de Los Llanos.

Caudillo de las provincias cuyanas

Desde 1854 fue comandante de armas de la provincia, y al año siguiente fue ascendido a general por el presidente Urquiza. Era muy prestigioso entre los gauchos humildes de La Rioja y las provincias vecinas, y se comportaba como uno más de ellos, salvo cuando mandaba en el ejército. Ellos lo consideraban, también, su protector, su abogado, el solucionador de los problemas de cada uno de ellos.
En octubre de 1858 fue asesinado Nazario Benavídez por los partidarios del gobernador Gómez. El presidente ordenó una intervención federal a la provincia, ordenando a Peñaloza que la apoyara militarmente; no tuvo necesidad de combatir, pero ocupó con sus montoneras la ciudad de San Juan. Desde entonces fue el hombre de confianza de Urquiza en la región.
En enero de 1860 derrocó al gobernador Bustos, que se acercaba cada vez más a los unitarios de Buenos Aires, y nombró en su lugar al coronel Ramón Ángel. Poco después fue nombrado interventor federal de su provincia.
Después de Pavón, en 1861, el interior del país quedó abierto a los unitarios. Hacia Cuyo salió el coronel Ignacio Rivas y hacia Catamarca el general Wenceslao Paunero, que enviaron varias expediciones contra La Rioja. Mientras tanto, Peñaloza ofreció mediar en la guerra entre los federales y unitarios del norte del país. Pero a pedido del gobernador tucumano Celedonio Gutiérrez, se unió a éste; fueron derrotados por los unitarios. Regresó a La Rioja, perseguido por sus enemigos, que los derrotaron en varias batallas; los oficiales prisioneros eran fusilados, mientras muchos soldados eran torturados y degollados. La represión fue increíblemente feroz, y eso mismo dio fuerzas a los federales para seguir luchando. El mismo Domingo Faustino Sarmiento aconsejaba:
Si Sandes mata gente, cállense la boca. Son animales bípedos de tan perversa condición, que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor.
Pese a su superioridad numérica y de movimientos (Peñaloza llegó reunir una fuerza de 2 000 a 6 000 combatientes),2 Peñaloza fue derrotado repetidas veces por las tropas mitristas mucho mejor y más modernamente armadas (armas a repetición, ametralladoras). Tras sitiar la ciudad de San Luis, logró firmar un tratado de paz llamado Tratado de La Banderita a principios de 1862, en que se le ofrecían garantías. Cuando llegó la hora de cambiar prisioneros, se dice que Peñaloza entregó los suyos, pero no recibió ni uno: todos sus hombres habían sido fusilados. En 1863, el gobernador puntano, Juan Barbeito, repelió una nueva invasión de tropas leales a Peñaloza, unos 1 600 montoneros3 habían incursionado con éxito parcial en la zona norte de la provincia.

La derrota

Los militares que debían hacer cumplir el tratado continuaron con la persecución a los aliados de Peñaloza, por lo que este volvió a alzarse en armas en marzo de 1863. Logró varios éxitos en San Luis, Córdoba, Catamarca y Mendoza, e incluso depuso al gobernador riojano.
A fines de marzo, el Chacho escribió al presidente Bartolomé Mitre:
los gobernadores de estos pueblos, convertidos en verdugos de las provincias... destierran y mandan matar sin forma de juicio a ciudadanos respetables sin más crimen que haber pertenecido al partido federal... Los hombres todos, no teniendo ya más que perder que sus existencia, quieren sacrificarla más bien en el campo de batalla.
El llamado a la lucha se hacía en nombre de Urquiza, con cuya ayuda contaban, pero éste no apoyó en nada la revuelta, e incluso la condenó en público. El gobernador Sarmiento, designado Director de la Guerra contra Peñaloza por el Ministro de Guerra Gelly y Obes, escribió al presidente:
no economice sangre de gauchos, es lo único que tienen de humano.
Mitre respondió:
Quiero hacer en La Rioja una guerra de policía. Declarando ladrones a los montoneros, sin hacerles el honor de partidarios políticos, lo que hay que hacer es muy sencillo.
Quedaban fuera de la ley, y por consiguiente se los podía matar en cuanto se los capturaba. Los oficiales del ejército nacional repitieron las masacres entre los vencidos.
El 20 de mayo de 1863, las tropas del Chacho se enfrentaron en Lomas Blancas —en Los Llanos— con un contingente de 600 hombres de infantería y caballería de las fuerzas de Paunero, comandadas por Ambrosio Sandes, Pablo Irrazábal, Ignacio Segovia y Julio Campos.
Peñaloza obtuvo una efímera victoria cuando el 10 de junio se produjo en Córdoba una revolución, encabezada por el partido federal —apodado "ruso"— y los liberales moderados, que depuso al gobernador Justiniano Posse; éste había sido impuesto el año anterior por la fuerza de las armas del ejército nacional comandado por Paunero. Convocado por los revolucionarios, el Chacho entró a la ciudad de Córdoba el 14 de junio. Mientras tanto, Paunero reunió un ejército de 3 000 hombres y marchó sobre él. Queriendo evitar sufrimientos a la ciudad, Peñaloza salió a su encuentro en campo abierto, al frente de 2 000 hombres.2 Fue derrotado el 28 de junio, en la Batalla de Las Playas sufriendo los montoneros 300 muertos, un número no precisado de heridos y 720 prisioneros. Los oficiales prisioneros fueron fusilados.
El caudillo huyó a los Llanos, de allí al norte, hacia la Cordillera de los Andes, y por el oeste de la provincia, nuevamente a los Llanos, donde reorganizó su montonera, reclutando 2 000 gauchos.4 De esa forma destruyó los caballos de sus enemigos y los desorientó por completo. Luego invadió la provincia de San Juan, donde estuvo a punto de tomar la capital. Pero el coronel Irrazábal lo derrotó en Los Gigantes. Se estima que unas mil personas murieron durante su última rebelión.5

El asesinato

El vencedor lo persiguió hasta Los Llanos, y Peñaloza se rindió al comandante Ricardo Vera, entregándole su puñal, la última arma que le quedaba. Una hora más tarde llegó Irrazábal y lo asesinó con su lanza; a continuación hizo que sus soldados lo acribillaran a balazos. Era el 12 de noviembre de 1863.
Su cabeza fue cortada y clavada en la punta de un poste en la plaza de Olta. Una de sus orejas presidió por mucho las reuniones de la clase "civilizada" de San Juan. Su esposa, Victoria Romero, fue obligada a barrer la plaza mayor de la ciudad San Juan, atada con cadenas.
Al conocer la noticia, Sarmiento escribió al presidente Mitre:6 7
No se que pensaran de la ejecución del Chacho, yo inspirado en los hombres pacíficos y honrados he aplaudido la medida precisamente por su forma, sin cortarle la cabeza al inveterado picaro, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses.
Carta de Domingo Faustino Sarmiento a Bartolomé Mitre, 18 de noviembre de 1863.
Pocas semanas más tarde, el poeta José Hernández publicó en un periódico entrerriano su Vida del Chacho, un folleto en defensa del caudillo riojano, en que advertía a Urquiza que los mismos que habían asesinado a aquél buscaban la oportunidad para asesinar al ex presidente. Poco después, el poeta Olegario Víctor Andrade escribía en su homenaje uno de sus poemas más bellos.
A mediados del siglo XX, la provincia de La Rioja lo convertía oficialmente en un héroe. En su facón, que se exhibe en el Museo de Historia de La Rioja, puede leerse la inscripción que definía su carácter: "Naides, más que naides, y menos que naides".

jueves, 4 de octubre de 2012

La verdadera historia de caminito




Caminito
Letra:Gabino Coria Peñolaza (1881-1875
Caminito que el tiempo ha borrado,
que juntos un día nos viste pasar,
he venido por última vez,
he venido a contarte mi mal.
Caminito que entonces estabas
bordado de trébol y juncos en flor,
una sombra ya pronto serás,
una sombra lo mismo que yo.

Desde que se fue
triste vivo yo,
caminito amigo,
yo también me voy.
Desde que se fue
nunca mas volvió,

seguiré sus pasos,
caminito, adiós.
Caminito que todas las tardes
feliz recorrías cantando mi amor,
no le digas si vuelve a pasar
que mi llanto tu suelo regó.
Caminito cubierto de cardos,
la mano del tiempo tu huella borró;
yo a tu lado quisiera caer
y que el tiempo nos mate a los dos.
El poeta Gabino Coria Peñaloza, que vivía en Peñas Blancas (La Rioja) enamorado de María, una profesora de música de Olta, recorría el caminito de unos 2 Km. que lo llevaba a Olta, residencia de María.
 La familia de María, escadlizada por tal relación, la obligó a trasladarse a otro lugar
El tiempo que todo lo destruye;”sólo cenizas y sombras”, acabó con el amor y Peñaloza compuso este poema al cual puso música Juan de Dios Filiberto






martes, 25 de septiembre de 2012



Elisa Brown

Elisa nació el 31 de octubre de 1810 en Inglaterra, donde Guillermo Brown había contraído matrimonio con Elizabeth Chitty el año anterior. Poco después su familia dejó Inglaterra para establecerse definitivamente en Buenos Aires, donde en poco tiempo Brown se convirtió en líder de la naciente Armada Argentina.
En 1826 se sumó a la flotilla dirigida por su padre el joven marino británico Francisco Drummond, quien pronto se comprometió en matrimonio con Elisa Brown, en ese entonces de sólo diecisiete años de edad. En esos momentos la República Argentina se encontraba en guerra con el Imperio de Brasil, cuya flota, muy superior en número y poder de fuego bloqueaba el Río de La Plata.
En la jornada del 7 de abril de 1827, el primer día de la Batalla de Monte Santiago, Drummond, que se encontraba al mando del Bergantín Independencia, fue herido por un disparo que le voló una oreja.
El 8 de abril de 1827, segundo día de la batalla, tras 48 horas de combate, el Independencia había perdido a la mitad de su dotación entre muertos y heridos, tenía ya buena parte de sus cañones fuera de combate mientras que los restantes estaban prácticamente inutilizables y carecía por completo de munición, por lo que Brown ordenó a Drummond a las 16:00 horas que evacuara y diera fuego al casco del buque, pero no obstante su tripulación se resistió a abandonar el navio y Drummond decidió acompañar la decisión.
Drummond dejó al mando al teniente Roberto Ford y partió con el único bote aún disponible a buscar municiones en los otros buques. Lo acompañó su segundo Shannon, dado que él estaba herido y no sabia si lo acompañarían las fuerzas. Siempre bajo fuego enemigo, fue primero hasta el Bergantín República pero en este apenas quedaba munición, por lo que siguió bajo fuego hasta la Goleta Sarandí, al mando de su amigo el capitán John Halsted Coe, pero apenas pisó la cubierta, el impacto directo de una bala de cañón de a 24 le dio en el costado derecho, a la altura del fémur, hiriéndolo de muerte.1 Murió a las diez de la noche, tras tres horas de agonía.
El día 9 de abril a las tres y media de la madrugada, la Goleta Sarandí pudo finalmente arribar al puerto de Buenos Aires transportando a los sobrevivientes y el cuerpo de Drummond. Francisco Drummond fue velado en la Comandancia de Marina y con el pesar de todo Buenos Aires fue enterrado en el Pequeño Cementerio del Socorro.
Ante la tragedia, la joven Elisa enloqueció. El 27 de diciembre de ese mismo año, ocho meses después de la muerte de su prometido, a las 05:30 p.m. según una carta escrita por Juan Ramón Balcarce, fue a bañarse en el Canal de las Balizas del río en compañía de su hermano menor Eduardo y se ahogó en uno de los "pozos", cerca de la quinta de Mateo Reid, amigo del Almirante Brown. Fue enterrada en el Cementerio Británico de Disidentes(1821-1833) de la Iglesia del Socorro junto con Francisco Drummond, pero con posterioridad sus restos fueron trasladados al Cementerio de la Recoleta.
Su padre que estaba embarcado fue notificado del hecho mediante una nota enviada por el Comandante General de la Marina Matías de Irigoyen. Ya había perdido a dos hijos: uno de recién nacido y el otro de dos años de edad. Dicen que su padre nunca se repuso de la tragedia. Guillermo Enrique Hudson contaba haberlo visto muchos años después como un fantasma, vestido de negro y parado en la puerta de su casa, mirando fijamente a la distancia.2
La leyenda convirtió a Elisa en una heroína trágica y a su muerte3 en un suicidio por desdicha. Hoy una plazoleta del barrio porteño de Barracas, (en la intersección de la Avenida Martín García y Ruy Díaz de Guzmán) la recuerda.
En el Panel 43 de la Avenida del Campo (Cementerio Británico de Elcano) se encuentra la placa de mármol. Su leyenda, en inglés dice “Victim of the treacherous wave/This marble o’er thy lowly grave/Thy mournful parents raise/Who whilst they weep thy helpless fate/And early virtues contemplate/Gods dispensations praised”.
El British Packet concluyó el obituario de Eliza con las siguientes palabras: Dios quiera que puedan crecer las violetas en su tumba.
Pedro Ignacio Blomber le dedicó una poesía a tan trágica muerte.
Horacio



miércoles, 19 de septiembre de 2012

Hombre de Pekin





El Hombre de Pekín1 (Homo erectus pekinensis) es una subespecie de Homo erectus propia de China. Su nombre alude a que sus restos fósiles se descubrieron al suroeste de Pekín, en una cueva de la localidad de Zhoukoudian.2 Los restos fueron encontrados entre 1921 y 1937 y datan de hace entre 500 000 y 250 000 años. Es especialmente popular porque en el momento de su descubrimiento fue considerado el primer "eslabón perdido" que justificaba la teoría de la evolución.
El yacimiento de Zhoukoudian fue catalogado como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde el año 1987.

El descubrimiento

Durante años los habitantes de la zona vendían a los extranjeros toda suerte de dientes de aspecto extraño o antiguo, pretendiendo que eran dientes de dragón, y el azar se presentó cuando uno de estos dientes fue a dar a manos de un científico sueco, quien, al estudiarlo, lo reconoció como perteneciente a un mamífero extinto.
Se pesquisó el origen de ese diente y se estableció que provenía de una cueva de Pekín. Las investigaciones comenzaron en 1921. De acuerdo con el relato posterior de Otto Zdansky, que trabajaba para el geólogo Gohan Anderson, un habitante de la zona llevó a los arqueólogos hasta lo que hoy en día se conoce como la Colina del Hueso del Dragón, un lugar lleno de huesos fosilizados. Zdansky comenzó su propia excavación y finalmente encontró huesos que parecían molares humanos. En 1926 los llevó a la Facultad de Medicina de Pekín, donde el anatomista Davidson Black los analizó. Posteriormente, publicaría su descubrimiento en la revista Nature, con el nombre de Sinanthropus pekinensis (hombre chino de Pekín). Los primeros especímenes de Homo erectus habían sido encontrados en Java en 1891 por Eugène Dubois. El hombre de Java fue inicialmente bautizado como Pithecanthropus erectus pero más tarde fue transferido al género Homo.
La Fundación Rockefeller accedió a patrocinar los trabajos en Zhoukodian. Hacia 1929, los arqueólogos chinos Yang Zhongjian y Pei Wenzhong, y posteriormente Jia Lanpo,3 se hicieron cargo de la excavación. Durante los siguientes siete años desenterraron fósiles de más de cuarenta especímenes de adultos, jóvenes y niños, incluyendo seis bóvedas craneanas casi completas. Se cree que el lugar era un sitio de enterramiento. El paleontólogo Pierre Teilhard de Chardin y el antropólogo Franz Weidenreich también participaron en los descubrimientos.


La desaparición de los huesos

Réplica de los restos de 1929 (actualmente desaparecidos).
Las excavaciones terminaron en julio de 1937, cuando los japoneses ocuparon Pekín durante la Segunda Guerra Sino-japonesa. Los fósiles fueron puestos a salvo en el Laboratorio del Cenozoico de la Facultad de Medicina. En noviembre de 1941, el secretario Hu Chengzi los envió a Estados Unidos para protegerlos de la inminente invasión japonesa. Sin embargo, en el camino hasta la ciudad portuaria de Qinghuangdao, desaparecieron, supuestamente a manos de un grupo de marines que los japoneses habían capturado al comienzo de la guerra con Estados Unidos.
Se intentó encontrar los huesos pero sin resultado. En 1972, el financiero estadounidense Christopher Janus prometió una recompensa de cinco mil dólares a cambio de los cráneos perdidos; una mujer contactó con él pidiendo 500 000 dólares, pero no se volvió a saber más de ella. Janus fue posteriormente acusado de desfalco. En julio de 2005, coincidiendo con el sexagésimo aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno chino estableció una comisión encargada de encontrar los fósiles.
Existen diversas conjeturas sobre qué ocurrió realmente con los huesos, incluyendo la teoría de que se hundieron en el barco japonés Awa Maru.

Cómo era el hombre de Pekín

Debido a la desaparición de los restos fósiles, los investigadores posteriores sólo han podido contar con los moldes y los escritos hechos por los descubridores. Así, se sabe que su capacidad craneana llegaba a los 1075 cc, un 80% respecto de la de Homo sapiens, y que se trataba de un cazador recolector.
El descubrimiento de restos animales junto a los huesos y la evidencia del uso de fuego, para combatir el frío y para cocinar los alimentos, y de herramientas de hueso y madera, fabricadas con otras de piedra, sirvió para apoyar la teoría de que el H. erectus fue la primera especie faber. Los análisis llevaron a la conclusión de que los fósiles de Zhoukoudian y Java pertenecen a la misma etapa de la evolución humana. Este es también el punto de vista oficial del Partido Comunista de China.
Sin embargo, esta interpretación cambió en 1985 cuando Lewis Binford afirmó que el hombre de Pekín no era cazador, sino carroñero. En 1998, el equipo de Steve Weirner en el Instituto Científico Weizmann llegó a la conclusión de que no hay evidencia de que el hombre de Pekín usara el fuego.




Hombre de Java





El hombre de Java (Homo erectus erectus), fue el primer representante de Homo erectus en ser descubierto. Fue encontrado y descrito originalmente en Java por el científico Eugène Dubois quien lo nombró Pithecanthropus erectus. La palabra "pithecantropus" deriva de raíces griegas y significa hombre mono.



Dubois encontró los restos en el lugar de Trinil (Isla de Java) en 1891. El hallazgo consistió de la tapa de una sola calavera. Un año después fueron descubiertos un fémur y dos muelas a dieciséis metros de donde se encontró la tapa de la calavera. Dubois consideró que todas las piezas provenían del mismo individuo y las fechó con una antigüedad de medio millón de años. Sin embargo no reveló, hasta treinta y un años después, que también había encontrado dos calaveras obviamente humanas a 100 km en un yacimiento de fechado dudoso. Esto se considera un fraude por los detractores de la evolución, porque Dubois ocultó información para dar más credibilidad a sus otros descubrimientos. Actualmente sigue habiendo un debate respecto a su edad, pero nuevas pruebas sobre la fauna del mismo estrato marcan que estos craneos (llamados Wadjak 1 y 2) son del Holoceno, lo que los desvincula completamente del Homo erectus.1
En la década de 1930 el paleontólogo alemán Ralpf von Koenigswald obtuvo nuevos fósiles, tanto de Trinil como de nuevas localidades como Sangiran (a unos 75 km),2 y, en 1938 von Koenigswald identificó claramente el magnífico cráneo de Sangiran 17, como "Pithecanthropus".




En 1940 Weidenreich reinterpretó los restos como Homo erectus iavanensis, pero se renombraron definitivamente por Dobzhansky (1944) como Homo erectus erectus.
Tenía una capacidad craneal de unos 940 ml, intermedia entre los 1.200-1.500 del hombre moderno y los 600 ml del gorila. El hombre de Java poseía la porción del cerebro que controla el lenguaje, aunque se ignora si efectivamente hablaba. El cerebro del hombre de Java era mucho más grande y con un mayor número de circunvoluciones que el del cualquiera de los monos primitivos o vivientes, y tenía más características humanas que simiescas. El hombre de Java adulto medía alrededor de 1.70 metros, pesaba cerca de 70 kilogramos y caminaba en posición erecta. Posiblemente se desplazaba en pequeños grupos familiares, vivía en cavernas y cazaba en los bosques. 4
Nuevos métodos de datación sugieren que el Homo erectus de Java es muy anterior a lo previamente establecido, contando con unos 1.8 millones de años de antigüedad.5

martes, 4 de septiembre de 2012

Historia de Elisa Brown



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Elisa Brown

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Elisa nació el 31 de octubre de 1810 en Inglaterra, donde Guillermo Brown había contraído matrimonio con Elizabeth Chitty el año anterior. Poco después su familia dejó Inglaterra para establecerse definitivamente en Buenos Aires, donde en poco tiempo Brown se convirtió en líder de la naciente Armada Argentina.
En 1826 se sumó a la flotilla dirigida por su padre el joven marino británico Francisco Drummond, quien pronto se comprometió en matrimonio con Elisa Brown, en ese entonces de sólo diecisiete años de edad. En esos momentos la República Argentina se encontraba en guerra con el Imperio de Brasil, cuya flota, muy superior en número y poder de fuego bloqueaba el Río de La Plata.
En la jornada del 7 de abril de 1827, el primer día de la Batalla de Monte Santiago, Drummond, que se encontraba al mando del Bergantín Independencia, fue herido por un disparo que le voló una oreja.
El 8 de abril de 1827, segundo día de la batalla, tras 48 horas de combate, el Independencia había perdido a la mitad de su dotación entre muertos y heridos, tenía ya buena parte de sus cañones fuera de combate mientras que los restantes estaban prácticamente inutilizables y carecía por completo de munición, por lo que Brown ordenó a Drummond a las 16:00 horas que evacuara y diera fuego al casco del buque, pero no obstante su tripulación se resistió a abandonar el navio y Drummond decidió acompañar la decisión.
Drummond dejó al mando al teniente Roberto Ford y partió con el único bote aún disponible a buscar municiones en los otros buques. Lo acompañó su segundo Shannon, dado que él estaba herido y no sabia si lo acompañarían las fuerzas. Siempre bajo fuego enemigo, fue primero hasta el Bergantín República pero en este apenas quedaba munición, por lo que siguió bajo fuego hasta la Goleta Sarandí, al mando de su amigo el capitán John Halsted Coe, pero apenas pisó la cubierta, el impacto directo de una bala de cañón de a 24 le dio en el costado derecho, a la altura del fémur, hiriéndolo de muerte.1 Murió a las diez de la noche, tras tres horas de agonía.
El día 9 de abril a las tres y media de la madrugada, la Goleta Sarandí pudo finalmente arribar al puerto de Buenos Aires transportando a los sobrevivientes y el cuerpo de Drummond. Francisco Drummond fue velado en la Comandancia de Marina y con el pesar de todo Buenos Aires fue enterrado en el Pequeño Cementerio del Socorro.
Ante la tragedia, la joven Elisa enloqueció. El 27 de diciembre de ese mismo año, ocho meses después de la muerte de su prometido, a las 05:30 p.m. según una carta escrita por Juan Ramón Balcarce, fue a bañarse en el Canal de las Balizas del río en compañía de su hermano menor Eduardo y se ahogó en uno de los "pozos", cerca de la quinta de Mateo Reid, amigo del Almirante Brown. Fue enterrada en el Cementerio Británico de Disidentes(1821-1833) de la Iglesia del Socorro junto con Francisco Drummond, pero con posterioridad sus restos fueron trasladados al Cementerio de la Recoleta.
Su padre que estaba embarcado fue notificado del hecho mediante una nota enviada por el Comandante General de la Marina Matías de Irigoyen. Ya había perdido a dos hijos: uno de recién nacido y el otro de dos años de edad. Dicen que su padre nunca se repuso de la tragedia. Guillermo Enrique Hudson contaba haberlo visto muchos años después como un fantasma, vestido de negro y parado en la puerta de su casa, mirando fijamente a la distancia.2
La leyenda convirtió a Elisa en una heroína trágica y a su muerte3 en un suicidio por desdicha. Hoy una plazoleta del barrio porteño de Barracas, (en la intersección de la Avenida Martín García y Ruy Díaz de Guzmán) la recuerda.
En el Panel 43 de la Avenida del Campo (Cementerio Británico de Elcano) se encuentra la placa de mármol. Su leyenda, en inglés dice “Victim of the treacherous wave/This marble o’er thy lowly grave/Thy mournful parents raise/Who whilst they weep thy helpless fate/And early virtues contemplate/Gods dispensations praised”.
El British Packet concluyó el obituario de Eliza con las siguientes palabras: Dios quiera que puedan crecer las violetas en su tumba.