jueves, 15 de noviembre de 2012



Francisco Ramírez

Francisco "Pancho" Ramírez (n. Concepción del Uruguay hoy Entre Ríos, Virreinato del Río de la Plata, 13 de marzo de 1786 – † Chañar Viejo, cerca de Villa de María del Río Seco, Córdoba, Argentina, 10 de julio de 1821), conocido como el Supremo Entrerriano, fue un caudillo federal argentino, uno de los líderes de la provincia de Entre Ríos durante los años de formación de la República Argentina, creando la República de Entre Ríos. Formó parte del partido artiguista, liderado por el oriental José Gervasio Artigas, con quien más tarde se enemistó por rivalidades personales, hasta derrotarlo, obligándolo a exiliarse. Poco después perdió la vida en un encuentro con las fuerzas de quien anteriormente había sido su aliado, Estanislao López.
El Estatuto Provisorio de 1819, un bien cultural santafesino
Concepción del Uruguay
Hijo de un comerciante paraguayo y medio hermano de Ricardo López Jordán (padre), Ramírez cobró fama aún joven en la organización de las milicias de su villa natal, Concepción del Uruguay.
Al estallar la Revolución de Mayo prestó servicios como correo al ejército patriota. En octubre de 1811, los milicianos de la villa la recuperaron para los patriotas, dirigidos entre otros por Ramírez.
Adquirió cierta notoriedad luchando junto al caudillo federal José Artigas
contra las fuerzas realistas en la Banda Oriental. Fiel a la causa artiguista, cuando el Directorio porteño se enemistó con éste, Ramírez emprendió su defensa, combatiendo a las órdenes de Eusebio Hereñú, el delegado de Artigas en la región. Tras la derrota del Barón de Holmberg, comandante del ejército centralista, Ramírez acompañó a Hereñú en la defensa de la Banda Oriental contra la invasión portuguesa y en la toma de la provincia de Santa Fe en alianza con Estanislao López.

Ramírez, caudillo general de Entre Ríos

Sin embargo, Hereñú pactó con el director Juan Martín de Pueyrredón
la reincorporación de Entre Ríos a la facción porteña. Ramírez tomó las armas contra él y lo derrotó en 1817, quedando al mando de la región del río Uruguay como delegado de Artigas. La región de La Bajada del Paraná estaba bajo el mando de otro oficial, pero en la práctica, este dependía de Ramírez.
Estando las fuerzas orientales concentradas en la defensa contra los portugueses del Brasil, Ramírez debió hacer frente al ejército directorial que invadió su provincia en 1818. Derrotó al coronel Luciano Montes de Oca,
atacando a su tropa apenas desembarcada en las proximidades de Arroyo de la China y en marzo nuevamente rechazó la incursión del general Marcos Balcarce

cerca de Paraná. Poco más tarde, debió defenderse de las incursiones luso-brasileñas en su propia provincia.
Ese mismo año, Ramírez avanzó sobre la provincia de Corrientes, deponiendo al gobernador enviado por el Directorio. Pero el agudo enfrentamiento con las fuerzas porteñas lo obligó a destacar a su medio hermano Ricardo López Jordán en auxilio de Estanislao López, atacado por Juan Ramón Balcarce, y poco después a retroceder él mismo para enfrentar nuevamente a Hereñú.

Entre los caudillos de esa época, Ramírez se destacó como uno de los más capaces; no sería derrotado hasta después de ser traicionado y quedar en seria desventaja numérica. Varios cronistas atestiguaron que sus tropas eran muy disciplinadas, mucho más que las de Artigas o las de López, y que estaba regularmente uniformadas. Luchaban en perfecto orden y seguían las órdenes de sus superiores con mucha mayor precisión que muchas de las tropas de los demás caudillos, incluso más que las del Directorio.

Ofensiva contra Buenos Aires

Poco después, Ramírez y López tomarían la ofensiva contra Buenos Aires


ante la sanción de la Constitución unitaria del '19 en Buenos Aires, que imponía un régimen inaceptable para las provincias. Por otro lado, Artigas le había ordenado obligar a Buenos Aires a unirse a su lucha contra los portugueses.
Pueyrredón renunció al directorio y asumió su reemplazo el general José Rondeau. El directorio ordenó al Ejército de los Andes que regresase hacia la capital para reprimir a los caudillos, pero su comandante José de San Martín se negó a hacerlo, como lo haría el Ejército del Norte al mando de Manuel Belgrano.


En estas circunstancias, la detención de un grupo de delegados de Buenos Aires que atravesaba Santa Fe por parte de López sirvió a Rondeau de excusa para reiniciar la guerra civil. Ramírez se movió más rápido y desde Santa Fe invadió el norte de la provincia de Buenos Aires, saqueando las estancias de ganado y dinero, para después regresar a Santa Fe.
Desde poco antes de iniciar la campaña, Ramírez llevaba dos aliados tan insólitos como contraproducentes. Uno era el general chileno José Miguel Carrera,


 quien recientemente se había dedicado, por medio de una imprenta, a producir propaganda anti-unitaria y pro-federalista. Su pretensión era regresar a su país y deponer a Bernardo O’Higgins. El otro era el ex Director Supremo Carlos María de Alvear, quien pretendía lo mismo respecto de Buenos Aires.



Rondeau dejó el Directorio en manos de Juan Pedro Aguirre y marchó contra las fuerzas del protectorado artiguista. Pero antes de que el Ejército del Norte se le pudiera unir, sus oficiales se sublevaron, dirigidos por Juan Bautista Bustos, para volver al frente norte contra los realistas.1
Con solo su ejército porteño, Rondeau enfrentó a los federales Ramírez, López y Pedro Campbell en la batalla de Cepeda,

 en que casi ingenuamente dispuso a su ejército en una posición defensiva excesivamente rígida. Ramírez los rodeó y los atacó por la retaguardia, destrozando a la caballería unitaria en minutos. Rondeau fue arrastrado en la huida, y la batalla hubiera acabado en desastre para los porteños de no ser por la ordenada retirada que realizó Balcarce.

El Tratado de Pilar

Victoriosos, los federales avanzaron sobre Buenos Aires, donde expusieron pacíficamente sus exigencias al cabildo
de la ciudad: tenían diez días para reemplazar el gobierno directorial por autoridades provinciales. La situación en la capital se transformó de repente en un completo caos. Rondeau renunció y el Congreso se disolvió. Una Junta de Representantes fue nombrada como autoridad legislativa provincial, y eligió gobernador a Manuel de Sarratea, recién llegado desde las filas de López. La constitución unitaria fue declarada caduca.
En la localidad de Pilar los caudillos federales victoriosos, el santafesino Estanislao López y el entrerriano Francisco Ramírez firmaron con el negociador unitario porteño el Tratado de Pilar; por este tratado, las provincias (incluida Buenos Aires) reasumían su soberanía particular, las provincias firmantes se pronunciaban por la federación, y se llamaba a un congreso general que se reuniría en San Lorenzo (Santa Fe). Por último, los jefes federales recordaban a Buenos Aires su deber de defender a la Banda Oriental, aunque no se la comprometía a nada respecto a esto. Ramírez se comprometía a invitar a Artigas a unirse al tratado, no ya como subordinado, sino como aliado del “gobernador de la Banda Oriental”. Y en una cláusula secreta, el gobernador porteño se comprometía a entregar abundante material de guerra a los jefes federales.
La debilidad del gobierno porteño se hizo pronto evidente en los intentos de restaurar a Balcarce. Sarratea, apoyado por los caudillos litoraleños, debió sin embargo dimitir ante la decisión de la Junta de Representantes de no respaldarlo y fue reemplazado por Miguel Estanislao Soler. Soler puso en libertad a los congresales partidarios de establecer una monarquía, detenidos por una de las cláusulas secretas del tratado del Pilar. Por ello se enfrentó con las tropas de López y Carrera en la batalla de Cañada de la Cruz el 28 de junio, pero fue derrotado. Los federales cercaron Buenos Aires durante casi dos meses, intentando reponer a Sarratea, hasta que el 2 de agosto las tropas al mando de Manuel Dorrego, sucesor de Soler, rompieron el sitio y los obligaron a retroceder. López se replegaría a territorio santafesino hasta ocupar una posición más ventajosa y se enfrentó nuevamente a Dorrego, batiéndolo en la Batalla de Gamonal.

El final de Artigas

Mientras tanto, las noticias de la firma del Tratado del Pilar habían llegado a Artigas; la exclusión de la Banda Oriental de los acuerdos provocó su enfrentamiento con los caudillos litoraleños. Artigas, batido por los luso-brasileños en la batalla de Tacuarembó, se replegó hacia Entre Ríos. Interpretándolo como un intento de imponerse sobre él, Ramírez tomó las armas contra su otrora jefe y lo enfrentó en una rápida sucesión de batallas.
Fue derrotado en Las Guachas, pero el 24 de junio lo derrotó en una brillante maniobra en la batalla de Las Tunas, en que hizo un inteligente uso de la artillería, al mando del comandante Lucio Norberto Mansilla, enviado en su ayuda desde Buenos Aires.2
Tras una victoria menor cerca de Sauce de Luna y otra cerca de Goya sobre Pedro Campbell, atacó el propio campamento de Artigas en Ábalos, cerca de Curuzú Cuatiá, ya en la provincia de Corrientes, y lo derrotó completamente el 24 de julio. Éste sería el fin de la etapa del liderazgo ejercido por Artigas en el litoral.
Mientras sus segundos perseguían a Artigas por todo el territorio correntino, Ramírez ocupó la ciudad de Corrientes, hizo arrestar a Campbell y a Mariano Vera y se hizo nombrar gobernador.3 Poco después, tras intentar resistir en Misiones, Artigas debió refugiarse en el Paraguay del dictador Francia hasta su muerte, más de veinte años después.

La República de Entre Ríos

El 29 de septiembre, Ramírez expidió en Corrientes un Reglamento Constitucional para las tres provincias de Entre Ríos, Corrientes y Misiones. El 24 de noviembre fue elegido en Gualeguay Jefe Supremo de la República, de donde le vino el mote del Supremo Entrerriano, que nunca usó. Seis días más tarde proclamaba en el territorio de esas tres la constitución de la República de Entre Ríos, una provincia federal que deseaba unirse a las demás en una federación de iguales, y no una nación soberana.
La República sería efímera, pero la tarea que realizó en ella Ramírez fue intensa. Sancionó reglamentos en lo militar, lo político, lo económico y la recaudación de impuestos, eliminando los derechos de importación. Efectuó la división del territorio en departamentos, cuyos gobernadores en lo civil y militar serían elegidos por la población de su jurisdicción. Estableció un régimen de administración de justicia, un servicio de correos, ordenó la realización de un censo y decretó la obligatoriedad de la enseñanza primaria, incluyendo la alfabetización y la aritmética. Prohibió además la matanza de ganado cimarrón, promoviendo la cría en estancias y la agricultura. Bajo su auspicio se realizaron los primeros comicios en la región. No cabe sorprenderse de que en ellos triunfara Francisco Ramírez.
Aún persistía en su propósito de enfrentar a los portugueses para recuperar la Banda Oriental y neutralizar la influencia luso-brasileña en la zona de frontera, pero necesitaba más fuerzas militares, especialmente de infantería. Creyó encontrarlos en Paraguay, y en tal sentido entabló correspondencia con el dictador Francia, bajo cuyo régimen el país contaba con un poderoso ejército. Como éste se negara, decidió invadir ese país y reintegrarlo a la organización de las Provincias Unidas. Pero, sin dejar siquiera iniciada la tarea, se marchó hacia Entre Ríos en enero de 1821.

Ruptura con López

Tras la derrota de Dorrego,
Buenos Aires había quedado acéfala; la Junta de Representantes, presionada por Juan Manuel de Rosas, eligió como nuevo gobernador a Martín Rodríguez. Éste se reunió con López el 24 de noviembre de 1820.4 en la estancia de Tiburcio Benegas, donde por mediación de Rosas y del gobernador cordobés Bustos se rubricó el Tratado de Benegas, que disponía la reunión de una Convención General en Córdoba.
El Tratado dejaba solo a Ramírez en su empeño para liberar la Banda Oriental, y anulaba varias de las disposiciones del Tratado del Pilar. El Supremo escribió a Rodríguez, preocupado por la influencia de los antiguos partidarios del Directorio en el nuevo gobierno5 Le exigió el envío del armamento y tropas que se habían acordado a Entre Ríos. Insistía además en la necesidad de declarar la guerra a Portugal.
La falta de respuesta lo llevó a intentar lograr la mediación de López, o en su defecto su apoyo a un ataque contra Buenos Aires. Pero la rivalidad entre los caudillos y el acuerdo del santafesino con Buenos Aires y Córdoba le quitó el posible apoyo del santafesino. Tanto Bustos como Rodríguez consideraban que el prestigio de Ramírez y la vehemencia con la que había decidido recuperar la Banda Oriental eran una amenaza a la unidad del país. Contribuyó también a ello la continuada alianza de Ramírez con Carrera, que en ese entonces había logrado sublevar a los ranqueles del oeste de la provincia de Buenos Aires, que causaron grandes pérdidas a los porteños.
Desengañado, Ramírez decidió tomar armas contra Buenos Aires y contra López.

La última campaña

A principios del mes de mayo de 1821, el coronel Anacleto Medina
cruzó exitosamente el río Paraná hacia Santa Fe, y capturó las monturas de López, privando a éste de su caballería. Pocos días más tarde, el cuerpo principal del ejército de Ramírez desembarcaba también cerca de Coronda. Allí tomó por el flanco a la columna dirigida por el tucumano (al servicio de Buenos Aires) Gregorio Aráoz de La Madrid,


que se dirigía a reforzar a López, y la desarmó.
Mientras tanto, Mansilla estaba a cargo de llevar la infantería por barco hasta Santa Fe (capital). Pero Mansilla traicionó a su jefe: condujo la tropa a Santa Fe, pero volvió a embarcarla poco más tarde y ordenó el retroceso.6 La escuadra porteña destruyó la flota de Ramírez, cortando las comunicaciones con Entre Ríos, e impidiendo el avance de Ramírez y Medina hacia el sur.
Con sólo 700 hombres en condiciones de combatir, acampó en Coronda para evaluar su plan de acción; allí recibió noticias de que La Madrid, con más de 1.500 hombres, artillería, caballos y 380.000 pesos fuertes que Buenos Aires remitía para ayudar a López, avanzaba sobre su posición. Pese a que Martín Rodríguez había indicado a La Madrid que se reuniera con López antes de emprender acciones, éste intentó aprovechar la posición, y buscó sorprenderlo cerca del río Carcarañá. Pero Ramírez, avisado, había logrado disponer sus fuerzas y maniobró de tal modo que logró hacer huir a las tropas de La Madrid, quedándose con los caballos, el parque y los fondos.
Sin embargo, la victoria le costó casi la mitad de su tropa y la situación se hacía desesperante. Dos días más tarde, debió enfrentarse con las tropas de López que le cortaba el paso hacia Córdoba, donde pensaba replegarse, buscando rodear a sus oponentes y cruzar el Paraná cerca de Corrientes. Ante la superioridad del enemigo, debió huir en medio de la refriega con apenas un par de centenares de hombres y marchó hacia el oeste.
Pocos días más tarde, encontró un refuerzo inesperado en una columna de 700 hombres comandada por Carrera, que acudía a su ayuda desde la provincia de San Luis. Sin embargo, no pudieron acordar un plan de acción: Carrera pretendía cruzar hacia Chile, mientras que Ramírez juzgaba más provechoso dirigirse a Corrientes. Para ganar tiempo atacaron a Bustos en Cruz Alta, pero fracasaron ante su posición defensiva. Carrera lograría acercarse a la cordillera, pero sería vencido y arrestado por orden del gobernador mendocino Tomás Godoy Cruz, que lo hizo fusilar.
Ramírez, por su parte, prosiguió camino hacia el norte por la sierra, intentando recabar ayuda de la oposición local a Bustos, pero fue perseguido por una partida enviada por éste. El 10 de julio, uno de los oficiales de López lo derrotó en una breve batalla en Chañar Viejo (cerca de Villa de María de Río Seco y de San Francisco del Chañar), donde fue nuevamente vencido. Logró escapar, pero al descubrir que su amante (la Delfina, que había luchado a su lado durante toda la campaña) había sido capturada, regresó a rescatarla. En ese momento fue muerto de un balazo.
Fue decapitado y su cabeza clavada en una pica y luego enviada a López, quien la hizo embalsamar y la exhibió en una jaula, en la puerta del Cabildo santafesino.
La República de Entre Ríos no sobrevivió a Ramírez. Por un corto tiempo lo sucedió su medio hermano Ricardo López Jordán, pero el coronel Mansilla se levantó en su contra el 23 de septiembre y se hizo elegir gobernador. Esa noticia provocó la recuperación de la autonomía por la provincia de Corrientes y, a fines de octubre, López Jordán se exiliaba en Paysandú.7 La República fue dada por muerta y Mansilla se alió con Santa Fe y Buenos Aires. El 22 de enero de 1822 se firmó el Tratado del Cuadrilátero, que convocaba un nuevo congreso en Buenos Aires. La guerra por la Banda Oriental estallaría finalmente en 1825, pero llevaría a la independencia del Estado Oriental del Uruguay.

La Delfina

La figura de la concubina de Ramírez, que ha pasado a la historia simplemente como la Delfina, aunque poco se sabe de ella, ha atraído la atención de los historiadores. Era una portuguesa, cuyo origen aún se desconoce, a la que Ramírez capturó en los enfrentamientos de los portugueses con Artigas. Se dice que esta mujer rubia pertenecía a la nobleza portuguesa afincada en San Pedro del Río Grande y que por tal origen nobiliario se le apodaba la Delfina.

 

Tomada cautiva, Ramírez se enamoró de ella, hasta el punto de romper su compromiso con Norberta Calvento, hermana de uno de sus mejores amigos. La Delfina estuvo junto a Ramírez desde entonces, en especial en el frente; hábil como amazona y en el uso de las armas, vestía uniforme militar (generalmente una chaquetilla roja y sombrero tipo chambergo con una pluma) con charreteras de coronel.
El día de la muerte de Ramírez fue rescatada por Medina y salvó su vida. Cruzando el Chaco logró regresar a Concepción del Uruguay, donde sobrevivió 18 años a su pareja.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Romance de la muerte de Juan Lavalle por Ernesto Sábato y Falú



Este es el romance de la muerte de Juan Lavalle,



 la historia de la larga retirada de un hombre atormentado por el recuerdo y el infortunio –pido a los hombres y mujeres de mi patria que la escuchen con respeto, federales, unitarios–, es la historia de un soldado que cometió grandes errores, pero que luchó con coraje en ciento cinco combates



 por la libertad de este continente, de un hombre que, como tantos en esta tierra, murió finalmente en la derrota y la tristeza.

Después de muchos años de exilio, el 2 de agosto de 1840, desembarcó en San Pedro para combatir contra Don Juan Manuel de Rosas. Extraña campaña aquella porque, a medida que se adentraba en la provincia, un fantasma se agrandaba ante él, el fantasma de Dorrego.

Once años atrás, lo había fusilado





 en los campos de Navarro, en el corazón de esas pampas solitarias y queridas y añoradas en el destierro que ahora volvía a sentir bajo los cascos de su tordillo, once años atrás. Y ahora veía cómo el recuerdo de Dorrego perduraba en el corazón del paisanaje y cómo ese recuerdo brotaba en coplas que declaraban la culpa de Lavalle y presagiaban su aciago fin...

Cielito y cielo

 enlutado
por la muerte de Dorrego.
Canten guitarras la pena
por un destino tan ciego.

El paso más doloroso
que traspasó el corazón
fue ver hincado a Dorrego



pidiéndole a Dios perdón.

La tropa que iba a tirar
y ejecutar lo mandado
todos a un tiempo lloraron
sin poderlo remediar.

Cielo y cielito enlutado
por el crimen de Lavalle.
Que Dios castigue su suerte
donde quiera que lo halle.

El ánimo de Lavalle fue oscureciéndose ante el desconcierto de sus soldados

 que no comprendían por qué no atacaba Buenos Aires. El General Lavalle cavilaba. Sombríamente, arqueaba el horizonte. Sí, ahí estaban las cúpulas de sus iglesias, la ciudad por la que aquellos hombres habían venido. Aquel Buenos Aires de sus largos sueños estaba ahí, delante de sus ojos, al alcance de sus caballadas. Pero Juan Lavalle ya no cavilaba en Buenos Aires, ni en Don Juan Manuel de Rosas, sino en su antiguo compañero de armas, que el cielito dolorosamente le recordaba. Y así descendió hasta Navarro. En aquellos campos en que había sacrificado a su camarada, pasó una de las noches más angustiosas de su vida.

Luego, cuando las primeras luces del amanecer entraron al cuarto donde Lavalle velaba pensativo –el mismo cuarto en que once años atrás había firmado la sentencia de muerte– dio orden de montar y, marchando hacia el norte, dio comienzo a aquel loco peregrinaje que durará casi dos años y que estará marcado por la derrota y la desgracia. En Quebracho Herrado se inicia el desastre final y así lo dicen las coplas...

El General Lavalle
y el correntino
en el Quebracho Herrado


 
fueron vencidos.

Fueron vencidos, sí,
¡qué mala suerte!
rumbiaba ya su estrella
hacia la muerte.

El General Lavalle
y el correntino
ya marchan derrotados
por los caminos.
  



Por los caminos, sí,
¡qué mala suerte!
para encontrar la calma
sólo en la muerte.

Más tarde sufre la derrota de Famaiyá. Los restos destrozados de la legión se retiran hasta Salta y allí, una nueva desdicha: los comandantes Horno y Ocampo le comunican que han resuelto abandonarlo con sus hombres, le dicen: “Nada ya puede hacerse en la legión”, sólo cabe unir sus fuerzas al ejercito del General Paz. Ya los restos de la división correntina se alejan al galope, observados en silencio por los ciento setenta hombres que permanecen fieles a su jefe. Y cuando Lavalle les dice que a pesar de todo resistirán, se mantienen callados, mirando hacia el suelo. “Marcharemos hasta Jujuy” agrega Lavalle y aquellos soldados, que piensan que comete un mortal desatino, responden “Bien, mi General”. Porque quién ha de ser capaz de quitarle los últimos sueños al General-niño. Entonces, emprenden la marcha hacia Jujuy.


Marchan por el camino real –no, por senderos desconocidos, por el camino real– y ni siquiera son soldados ya, son seres derrotados y sucios. Algunos –muchos– ya no saben tampoco por qué combaten. Ciento setenta hombres y una mujer, porque también va al lado de Juan Lavalle, Damasita Boedo, aquella muchacha que en la ciudad de Salta decidió unir su destino al destino de esos derrotados...

Lavalle al norte cabalga,
la niña junto con él,
con ellos los caballeros
de aquella triste legión.



Poncho celeste,
¡pena en el alma!

La niña de Salta llora,
con su mano se santigua.
Dios y la virgen María
guarden al hombre que ama.

Poncho celeste,
¡pena en el alma!

Venderán duro su muerte,
son gente de gran valor.
Lavalle sueña confiado,
ellos lo van a cuidar.

Poncho celeste,
¡pena en el alma!

Piensa Miguel Pedernera
mirando a su General:
“Lavalle jefe valiente,
¿qué sueña tu corazón?”



Poncho celeste,
¡pena en el alma!

“Sueña, Lavalle, tu sueño,
sueña mi buen General,
que nunca en tan mala hora
ha cabalgado varón”.

Poncho celeste,
¡pena en el alma!

Lavalle al norte cabalga,
la niña junto con él.
Con ellos los caballeros
de aquella triste Legión.

Poncho celeste,
¡pena en el alma!

Son ya quince horas de marcha. El General va enfermo. Hace tres días que no duerme. Agobiado y taciturno, se deja llevar por su tordillo a la espera de las noticias que ha de traerle Lacasa. Las noticias del ayudante Lacasa. Pobre General, hay que velar su sueño, hay que impedir que despierte del todo. Hasta que llegue ese hombre para decir lo que ya todos se imaginan y desde lejos, silenciosos, con cariñosa ironía, con melancólico fatalismo siguen el absurdo diálogo, el informe negro: todos los unitarios de Jujuy han huido, las últimas palabras del doctor Bedoya antes de abandonar la ciudad, las palabras que manda a decir a Lavalle son para pedirle que huyan hacia Bolivia, pronto, de cualquier manera. ¿Qué hará Lavalle? Todos lo saben –es inútil–, nunca ha huido en su vida, y se disponen a seguirlo hacia su último acto de locura.

Aquel jefe envejece por horas, siente que la muerte se aproxima. Aquel hombre de cuarenta y cuatro años tiene ya algo, en su manera de mirar, en sus espaldas agobiadas, en su fatiga, que anuncia la muerte. Sus camaradas contemplan con desconsuelo aquella ruina querida...

Piensa Miguel Pedernera,
mirando a su General:
“Lavalle, jefe valiente,
¿qué sueña tu corazón?”

Poncho celeste,
¡pena en el alma!

“Sueña, Lavalle, tu sueño,
sueña, mi buen General,
que nunca en tan mala hora
ha cabalgado varón”.

Poncho celeste,
¡pena en el alma!

Lavalle al norte cabalga,
la niña junto con él.
Con ellos los caballeros
de aquella triste legión.

Poncho celeste,
¡pena en el alma!

Piensa Félix Frías “Cid campeador de los ojos azules”. Piensa el Capitán Delía “Tu antepasado luchó contra el moro. El escudo de tu estirpe: un brazo empuña una espada, una espada que no se rinde, tampoco ahora se rendirá, es un hecho”. Piensa el ayudante Lacaza “Ahí marcha hacia la muerte el General Juan Galo de Lavalle, descendiente de Pelayo y de Hernán Cortés”.

Piensa el General Pedernera “Parece el harapiento fantasma de aquel Lavalle de la Independencia, cuántos años han pasado”. A Pedernera ahora todo le parece un sueño. Al menos, en aquel tiempo sabían bien por lo que combatían: combatían por la libertad de la patria grande. Aquella misma quebrada había oído los ecos de canciones heroicas bajo los pliegues de una sola bandera...

Somos los artilleros
que a la par del cañón
echan rodilla en tierra
los que a la guerra
van con valor.

Es que ha sonado el clarín,
allá voy a luchar
porque a nuestra bandera
mano extranjera
la quiere arriar.

Pero ahora ha corrido tanta sangre por los ríos de América, ha habido tanta lucha entre hermanos. “Ahí mismo –piensa Pedernera– nos persigue Orive ¿no peleó junto a nosotros en el Ejercito de los Andes? Y el valeroso Dorrego ¿no combatió junto al propio Lavalle por la libertad de la tierra americana?”. Contempla, sombríamente, los cerros gigantes como preguntándoles el secreto de la vida y de la muerte. Y Damasita Boedo piensa “General, querría que inclinases tu cabeza cansada sobre mí, como en el pecho de tu madre. El mundo nada puede contra un niño que duerme sobre el pecho de su madre. Mírame, dime que me quieres, dime que me necesitas”. Pero Juan Lavalle marcha reconcentrado en las cavilaciones de un hombre que se aproxima a la muerte “No es hora de mirar el simple mundo exterior. Ese mundo casi no existe, pronto será un sueño soñado”.

Ahora avanzan los rostros que han permanecido en el fondo de su alma, guardados bajo siete llaves, y sobre todo aquel rostro gastado que alguna vez fue un hermoso jardín y que ahora está cubierto de malezas, casi seco: “María de los Dolores” piensa y una melancólica sonrisa se dibuja sobre su cara muerta al recordar la mujer lejana, como cuando al remover las cenizas de un gran fuego extinguido se descubre el resto de una braza que nos da un último y modesto calorcito. Por unos instantes rememora aquellos años cuando todavía eran unos chiquilines, cuando los hijos aún no existían, cuando la desdicha y el tiempo y la calamidad todavía no habían cumplido su obra devastadora.

Damasita entreve aquella melancólica sonrisa, cree ver que sus labios se mueven, siente algo así como restos de una canción que surge de remoto fondo de su alma...

...Cuánto tiempo, cuánta pena,
ay, ay, ay, María de los Dolores...
Recuerdas el caminito
que recorríamos juntos.

...Cuánto tiempo, cuánta pena,
ay, ay, ay, María de los Dolores...

Y Damasita Boedo, que ha oído aquellos fragmentos de una canción, que le ha oído murmurar aquel nombre lejano y querido mira ahora hacia delante, los ojos cubiertos de lágrimas.

Ya van llegando a los aledaños de Jujuy. Lavalle ordena acampar. Él con su escolta irá a la ciudad –está enfermo, se derrumba de fiebre–, quiere encontrar una casa donde pasar la noche. Sus camaradas intentan disuadirlo, pero es imposible. Pareciera como si ese hombre se empeñase en provocar a la muerte. Con cansado fatalismo, ven alejarse a su jefe. Luego tienden sus monturas e intentan dormir.

En la alta noche, Pedernera cree oír disparos, pero acaso han sido imaginaciones suyas. Se vuelve sobre su montura. Trata de dormitar de nuevo, pero no puede. Algo aciago parece adivinarse en las tinieblas. Visiones de sangre lo atormentan. Termina por levantarse, camina entre sus compañeros –muchos son los inquietos–, quizá más de uno siente como él. Se llega hasta el centinela. Sí, también él oyó los disparos –o cree haberlos oído– hacia allá, hacia la población. Pedernera entonces se alarma, despierta a sus camaradas, opina que deben ensillar y mantenerse alerta. Así pasan un tiempo de angustiosa espera hasta que oyen el galope de caballos que se acercan. Son dos tiradores de la escolta que llegan gritando “¡Han muerto al General!”.

Por un momento los hombres de la legión quedan paralizados, luego se lanzan hacia la ciudad y la tierra desprendida por el furioso galope se pega sobre aquellas caras endurecidas por la desdicha y ahora mojadas por las lágrimas. Encuentran el cuerpo cubierto de sangre. Arrodillada junto a Lavalle, llora Damasita Boedo. Un poco apartado, el Sargento Sosa parece un hombre que ha perdido a su único hijo...

Tu combate ha terminado,
adiós General Lavalle
sean testigos de este duelo
las montañas de este valle.
Guarda mi llanto, oh corazón.

Ay, año cuarenta y uno
los pueblos se han desolado
por tanta cruenta batalla
tantas madres han llorado.
Guarda mi llanto, oh corazón.

De las desgracias rodeado,
provincias peregrinando.
Qué estrella te alumbraría.
Cerros y valles penando.
Guarda mi llanto, oh corazón.
phone 

viernes, 2 de noviembre de 2012

Anécdotas sobre Juan Manuel de Roasas

Bromas de Rosas



Autor: Lucio V. Mansilla
Pescaba a orillas del río de la Plata, allá por donde estaba "el barco", al concluir la avenida Sarmiento, solo con un negrito, o acompañado de algún aficionado o de algún héroe por fuerza. Para una broma más o menos pesada siempre estaba dispuesto.

A Marco Antonio de Arredondo lo hizo entrar en el río con botas de charol (él, Rosas, las llevaba de goma); a Camargo, el célebre taquígrafo, le hizo tomarse veinte "mates" seguidos, por los cuales le remitió al día siguiente veinte mil pesos, y a Federico de la Barra, que se había cansado de andar guerreando con los Madariaga, también le jugó una de las suyas, dejándolo sin sobretodo en invierno.

En su estancia del Pino son proverbiales las chanzas de que fueron víctimas muchos de sus amigos más apreciados. A uno que tenía miedo de las víboras, estando durmiendo la siesta bajo el pino, de donde la heredad traía el nombre; le 'Puso una víbora muerta 


enroscada en el tobillo, y con una picana lo hincó, escondido detrás de una carreta. El huésped dió un brinco de dolor, y al ver la víbora casi se muere de susto. . . y Rozas reía hasta desternillarse... Ecce homo .. Compuesto cómico de taumaturgo y augur, como cuando al nuncio apostólico, cuyos papeles conoce porque la policía se encarga de sustraérselos por unos momentos, pretende hacerle creer, y lo consigue, que en Roma tiene agentes segurísimos; Amalgama heterogéneo de sensibilidad morbosa y de incoherencias psicológicas que no quiere del mismo modo a su hija Manuelita (que no deja casar) que a su hijo Juan, casado con Mercedes Fuentes; que respeta a su compadre T y pone en ridículo a su compadre A; que quiere en extremo a su ministro Arana, var6n honestísimo, y le pone de apodo Felipe Batata (así sólo lo denomina); que a uno de sus jefes mimados, el que más confianza le inspira, hombre de honor, seguro, valiente, le llama Angelito a secas, y a don Eusebio, "el loco" de la Santa Federación, que trata como a persona grata, haciéndolo comer en su mesa, le llama Su Excelencia, sin pedulcio de mortificarlo físicamente; que empobrece a éste y enriquece a aquél; que confisca y le -manda cinco mil pesos a un anciano de nombre histórico, cuyo hijo está emigrado, para que se compre ropa; que castiga un pequeño abuso en un empleado y deja que contrabandee, en grande, al capitán del puerto, en sociedad con un comerciante tucumano, amigo de Urquiza y de Mitre después; que obliga a todos (pena de graves consecuencias) a usar chaleco, divisa y cintillo colorados, y que deja en paz a su cuñado Saguí, que sólo se pone chaleco blanco y divisa; que carece de espíritu de equidad (aquí se manifiesta auténticamente la influencia misteriosa de la herencia materna, que la naturaleza ha hecho no menos poderosa que la herencia paterna); que tiene dos medidas para todo, para el civil, para el militar, para el sacerdote, para los que lo sirven y para los que lo combaten; que es íntegro y dispone de los dineros del Estado como de cosa propia, sin darse cuenta de que las facultades extraordinarias, la suma del poder público, no son para eso, sino para fines políticos; que pierde el tiempo en detalles minúsculos, casi microscópicos; que antes de firmar el tratado Lépredour pasa una semana probando plumas de gansos para que su letra y rúbrica lo dejen con la boca abierta a Luis Felipe (todo era para ganar tiempo, porque esperaba noticias de Río de Janeiro del ministro Guido, noticias que si eran como él las quería, no firmaba, y si lo contrario, sí firmaba, más le valiera haber oído el consejo de Guido que obtenía lo posible; que trata de loco a Urquiza, que está más cuerdo que nunca, transformando al hombre de la India Muerta ; que al general Mansilla, que días antes de la batalla de Caseros, le pedía que no saliera a tomar el mando del ejército, creyéndolo incapaz, como lo era, de dirigir veinticinco mil hombres, con reservas de indios pampas, lo despide irónicamente, anticipándoles un propio a su mujer, con este mensaje: "Que lo ponga en cura a su marido, porque está mal."

Lucio V. Mansilla, Rozas.

martes, 23 de octubre de 2012

Juan Manuel de Rosas





JUAN MANUEL DE ROSAS
BREVE BIOGRAFÍA DE ESTE DISCUTIDO PRÓCER ARGENTINO







Juan Manuel de Rosas fue un político argentino, gobernador de Buenos Aires en los períodos 1829-1832 y 1835-1852. Amado por sus seguidores, y temido y odiado por sus opositores, quienes lo llamaron tirano y dictador. Lo cierto es que estuvo en el poder por más de 20 años, con facultades extraordinarias otorgadas por la legislatura provincial, tratando de ordenar el país contra la anarquía política.
En "Palabras de Historiador" de Felix Luna, el autor lo define como "el mas contradictorio, el mas controvertido y el que ha registrado mas polémicas y el que siempre será un personaje muy ambiguo, muy difícil de definir" (pag.72)

Comienzos del caudillo:
Nació en Buenos Aires (n. en Buenos Aires, 30 de marzo de 1793 - † Southampton, Hampshire, 14 de marzo de 1877) , en el seno de una de las

 familias más destacadas de la ciudad. Su verdadero nombre era Juan Manuel Ortiz de Rozas; pero decidió "acriollarlo" y aplebeyarlo, ya antes de su primera aparición en la política, por Juan Manuel de Rosas. Era un hombre práctico, de espíritu conservador, y con todas las características de un caudillo. La primera interrupción en sus actividades de estanciero fue debida a las invasiones inglesas. El 12 de agosto de 1806 estuvo Juan Manuel entre " los voluntarios que formaron el ejercito que reconquisto Buenos Aires". Luego de la rendición, Liniers lo devolvió a sus padres, portador de honrosa carta testimonial.
Amasó una gran fortuna como ganadero y exportador de carne de vacuno, en la época en que el virreinato del Río de la Plata luchaba por su emancipación del dominio español. En 1818 comienza a hacer algunas comisiones políticas, al tiempo que entró a administrar y poblar las estancias de Juan José y Nicolás Anchorena. Mas tarde compraría con Terrero (quien lo acompañaría durante sus dos futuros mandatos) las estancias San Martín y Del Rey, entre otras. Empezó a adquirir prestigio y durante la década del ’20 se transformo en uno de los personajes más importantes de Buenos Aires. Llegó a tener un ejército personal formado por peones: Los Colorados del Montes. Y durante el gobierno de Rodríguez ocupó el cargo de comandante de campaña.
Primer gobierno:
Durante el primer gobierno de Rosas, el país no estaba organizado como una nación, sino que las provincias se habían enfrentado firmando por un lado la Liga Unitaria (Córdoba, Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja, San Juan, San Luis, Tucumán, Salta y Mendoza) y por el otro lado el Pacto Federal (Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes).
El 6 de diciembre de 1829 la legislatura eligió a Rosas gobernador y le otorgaron facultades extraordinarias. Si ya gobernaba de afuera, ¿cómo no iba a hacerlo ahora que estaba en el poder?
Desde el principio declaró enemigo al partido unitario, y utilizó la famosa divisa: "El que no está conmigo, está contra mí" para atacarlos. Por lo que puso a su favor a los burgueses, conservadores y reaccionarios, a los católicos, a los gauchos descontentos, a los indios, a la plebe urbana y a parte de la población rural. Rosas apareció como un restaurador, debido a la actitud de desprecio, de violación de derechos que habían dado los anteriores gobiernos. En su contra aparecieron los unitarios, los jóvenes ilustrados, los liberales, los militares y viejos patricios de la revolución.
Su gobierno era centralista, respetuoso de los señores feudales siempre y cuando estos le estuviesen sometidos. Tenía un criterio proteccionista antieuropeo, de un nacionalismo estrecho, y reacio a los cambios y a lo extranjero. Su primera medida en el gobierno, de hecho, fue suprimir la libertad de prensa y adueñarse de ella. Sin embargo este primer periodo fue solo una imagen de lo que sería el segundo término, ya que aquí Rosas no tenía experiencia verdadera en la política.
Así es que en 1832 Rosas impide que la Comisión Representativa convoque a un congreso general para organizar la república. La idea de Rosas era que el país no estaba en condiciones de entrar en una organización general; debía mantenerse la unión de las provincias sólo con el Pacto Federal. "Debemos existir y después organizarnos", era su argumento.
Segundo Gobierno:
El 7 de marzo de 1835 la Legislatura, confirió el gobierno a Rosas por cinco años con la suma del poder publico, sin mas restricciones que conservar y proteger la religión católica, y sostener y defender "la causa nacional de la Federación". El nombramiento fue confirmado por un plebiscito que dio 9720 votos a favor y 8 en contra. Se le depositó la suma del poder público de la provincia; Pero ¿Cómo llegó Rosas a tener todo este apoyo? Debemos por ende analizar el período 1832-1835, tiempo en que Rosas no gobernó.
Primero Rosas no aceptó en 1832 la reelección sin los poderes extraordinarios. Y a partir de allí se lo eligió varias veces para que vuelva al poder, pero en todas se negó debido a que no le otorgaban los poderes especiales; él deja el gobierno para trabajar desde afuera y dificultar al gobierno muy astutamente. Segundo, la policía, el ejército, la prensa y las masas estaban a su merced. Tras formar su propio Partido Restaurador Apostólico, y con el apoyo de la Sociedad Popular Restauradora, conocida como 'La Mazorca', que aterrorizó a sus adversarios unitarios, Rosas formó alianzas con los líderes de las demás provincias argentinas, logrando el control del comercio y de los asuntos exteriores de la Confederación. Un hecho más que decisivo fue la revolución de los restauradores del 11 de octubre de 1833: El gobernador Balcarce ordenó que se diera a lugar un juicio al periódico El Restaurador de las leyes, por lo que se empapeló Buenos Aires con carteles que anunciaban el proceso al "Restaurador de las leyes". Y la gente de los suburbios pensó que el juicio era a Rosas, ya que también se lo conocía con ese nombre. Y al iniciarse la audiencia se produjo un enorme alboroto que terminó con el sitio de la ciudad por parte del general Pinedo, adherido a la protesta. Y el ejército del gobierno se encontraba con Rosas en el sur en la campaña "exterminadora" del desierto.
Balcarce debió renunciar, y posteriormente lo mismo harían José Viamonte y V.Maza (luego del asesinato de Quiroga). Al volver de la expedición al desierto, la legislatura le acordó una medalla. Sin embargo no poseía un espíritu bélico, aunque supo explotar su prestigio. Así Rosas aparecía como el único capaz de calmar la situación.


Es en esta etapa de temor y anarquía política en la que Rosas aparece como el único capaz de terminar con el difícil momento y establecer la paz tan esperada.
Represión:
El ejercicio de las atribuciones extraordinarias y la acción de la Sociedad Popular Restauradora, le permitieron eliminar la oposición, ya sea unitaria o federal. Hubo destituciones y fusilamientos en masa, y se decretó el uso obligatorio de las divisas punzó. Se empapelaron las ciudades con cárteles como: "¡Mueran los salvajes unitarios!" o "¡Vivan los federales!". Afirmó su lucha sobre los unitarios y exigió una sumisión total a la federación, no solo en Buenos Aires sino en todo el interior. Abolió la independencia del poder judicial, y llegó a ejercer personalmente facultades judiciales (como el caso de los hermanos Reinafé, a quienes se los encontró culpables y se los colgó).
Fue una época de terror para los unitarios, o mas bien para todos los que no estuvieran a favor del dictador. Todos los opositores se debieron exiliar, en general a Uruguay, o eran juzgados aquí. La gente se retractaba, se cuidaba de cualquier motivo de sospecha, como hablar, pasear, escribir, etcétera. La simple sospecha de complicidad con un unitario bastaba para ser ejecutado; la sociedad Popular Restauradora fue un club terrorista y temido. Rosas también se aseguró de que su retrato estuviera expuesto en todos los lugares públicos tras autoproclamarse 'tirano' en 1842.
En junio de 1839 fue descubierta en Buenos Aires una conspiración organizada por Manuel V. Maza, presidente de la Sala de Representantes, que tenía contacto con otros movimientos que actuaban en la campaña y con los emigrados. Maza y su hijo fueron muertos. La misma suerte tuvieron los cabecillas de la Rebelión de los Hacendados del Sur de la provincia, que tuvo su foco en Chascomús y Dolores. Estos alzamientos debían coincidir con la invasión de Lavalle a Buenos Aires, lo que no pudo concretarse.
Los unitarios, con imprudentes golpes de estado, con medidas, arbitrarias, con su recurso a los actos habilidosos, crearon el clima propicio al desprecio por la ley. Rosas pudo destruir la anarquía pero creó un miedo pavoroso.
En el primer gobierno se había limitado a organizar la administración de Buenos Aires, y en el segundo a todo el país, colocando gobernadores sometidos en las demás provincias.
Medidas:
Tuvo una política centralista y sus intereses se identificaron con los de Buenos Aires. Lo favorecía el puerto único, y el 18 de diciembre de 1835 estableció la ley de Aduanas, por la cual se protegían los productos e industrias de las provincias impidiendo la penetración de productos extranjeros que compitieran con los del país, aunque se conservaba a Buenos Aires como único puerto de ultramar. Esta medida era un interesante intento de proteccionismo económico que benefició a ciertas industrias nacionales; Sin embargo favorecía a Buenos Aires, por lo que el litoral se opuso a ellas.
Al principio de su segundo gobierno llamó a los jesuitas de Europa, ofreciéndoles protección y mantenerlos y colocarlos en universidades y colegios. Así buscó presentarse como protector de la religión, de las ciencias, y de las letras. (5) Si bien la iglesia y la prensa eran auxiliares importantes de Rosas, la última sanción de su gobierno era la fuerza, aplicada por militares y la policía. La organización militar no solo estaba para defender sino para controlar, a la población.
Sin embargo para superar la crisis económica provocada por las luchas internas y los bloqueos, decretó cesantías en masa, rebajó los sueldos, redujo el presupuesto de la Universidad, prohibió la exportación de oro y plata, entre los más importantes.
Legado del gobernador:
La sociedad tomó su forma bajo el gobierno de Rosas y subsistió después de él. La hegemonía de los terratenientes, la degradación de los gauchos, la dependencia de los peones, todo eso fue herencia de Rosas. El ayudó a crear una sociedad; comenzando por la estancia estableció valores que se extendieron a toda la provincia y se convirtieron en alma en el estado de Rosas. "Subordinación era su palabra favorita, la autoridad su ideal y el orden su logro. Elogiaba a las clases bajas y a los pobres (a quienes siempre ayudó) por su obediencia. Rosas explicaba los orígenes de su régimen como una desesperada alternativa para la anarquía; y sus medidas represoras eran un mal necesario.
Defensor de la Soberanía Argentina:
La guerra con Francia

Desde 1830, Francia buscaba aumentar su influencia en América Latina y, especialmente, lograr la expansión de su comercio exterior. Consciente del poder inglés, en 1838 el rey Luis Felipe exponía ante el parlamento que “sólo con el apoyo de una poderosa marina podrían abrirse nuevos mercados a los productos franceses...”. En marzo de 1838 una escuadra de guerra francesa bloqueó el puerto de Buenos Aires.
Sobre el reclamo particular de Francia —la eximición del servicio de armas para sus súbditos—, el gobierno de Buenos Aires retrasó la respuesta por más de dos años. Rosas no se oponía a reconocer a los residentes franceses en el Río de la Plata el derecho a un trato similar al que se daba a los ingleses. Pero sólo estuvo dispuesto a reconocerlo cuando Francia envió un ministro plenipotenciario (con plenos poderes) para la firma de un tratado, lo que significaba un trato de igual a igual y un reconocimiento de la Confederación Argentina como un Estado soberano.
La Convención fue acordada entre el gobierno de Buenos Aires, encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina, y el representante del gobierno de Francia el 29 de octubre de 1840. Esta Convención se conoce como el Tratado Mackau-Arana porque los ministros que lo firmaron fueron el almirante barón de Mackau por Francia y Felipe Arana por Buenos Aires. El tratado establecía el levantamiento del bloqueo al puerto de Buenos Aires y la devolución de la isla Martín García y de los barcos capturados al gobierno de Buenos Aires por parte de Francia, y a su vez, el gobierno de Buenos Aires acordaba eximir del servicio de armas a los súbditos franceses y pagar indemnizaciones a los perjudicados por el conflicto.
La intervención de Gran Bretaña y Francia
A partir de 1842 se reanudó un conflicto interno en la Banda Oriental y Rosas intervino apoyando a uno de los bandos. Esta decisión del gobernador de Buenos Aires provocó la reacción de Francia y de Gran Bretaña k decisión de una intervención conjunta en el Río de la Plata.
Para Gran Bretaña, la posibilidad de una acción coordinada entre  la Banda Oriental y Buenos Aires significaba la anulación de la división política en el Río de la Plata —impuesta por su mediación con la creación, en 1828, de la República Oriental del Uruguay como Estado independiente—. Los intereses británicos se veían gravemente amenazados por el peligro de una política conjunta de los dos países que controlaban el comercio y la navegación en el río de la Plata. Los intereses de los comerciantes ingleses en Montevideo y en Buenos Aires no eran lo mismos. Pero los dos grupos se beneficiaban con la navegación pacífica del río de la Plata y con la apertura de los ríos interiores (el Uruguay) al comercio internacional.
En esta oportunidad, también Brasil intervino en el conflicto a favor de sus propios intereses. A mediados de 1844 propuso a Gran Bretaña una acción conjunta contra Buenos Aires para eliminar la influencia argentina en la Banda Oriental y establecer la apertura de la navegación de los ríos interiores. Esta apertura era necesaria, declaraba, para poner fin al aislamiento del Paraguay.
Finalmente, el gobierno inglés decidió intervenir con el objetivo de lograr la libre navegación de los ríos y mantener el equilibrio rioplatense según el   tratado de 1828 frente a las pretensiones de incorporar la Banda Oriental al sistema rosista. Además, la larga duración de la crisis oriental comprometía la estabilidad económica de la región y perjudicaba a los sectores mercantiles extranjeros y locales. Francia aceptó intervenir limitando sus objetivos —según declaró— a la defensa de la independencia oriental frente a la intervención argentina. En abril de 1845, naves inglesas y francesas bloquearon el puerto de Buenos Aires.

El caudillo oriental Manuel Oribe —con el apoyo de Rosas— mantenía sitiada la ciudad de Montevideo por tierra y, desde 1843, Buenos Aires sitiaba por el río las costas de la Banda Oriental. Pero las naves inglesas desconocían el bloqueo de las naves porteñas y permitían el aprovisionamiento de Montevideo. A mediados de 1845 y después de un ultimátum, las fuerzas navales británicas y francesas “robaron a la escuadra argentina”: la capturaron y la obligaron a fondear en el puerto de Buenos Aires. Meses más tarde se propusieron remontar el río Paraná, para poner en práctica el objetivo de la libre navegación de los ríos interiores. Rosas no estaba dispuesto a permitirlo y preparó la defensa, que resultó heroica. En la Vuelta de Obligado sobre el río Paraná el 20 de noviembre de 1845, en una larga batalla en la que sufrieron numerosas pérdidas materiales y humanas, las fuerzas militares y navales porteñas intentaron impedir el paso de las naves extranjeras.
Enfrentamiento con Urquiza:
Urquiza, que hasta ese momento era uno de los aliados de Rosas, decidió iniciar una rebelión con el motivo de organizar al país. El 1 de mayo de 1851 inició el levantamiento; y 24 días después señaló su programa constitucional.


Corrientes se adhirió al movimiento y contó con el apoyo militar de Uruguay y Brasil. El 21 de noviembre se firmó un acuerdo más amplio entre el imperio del Brasil, Uruguay, Entre Ríos y Corrientes para eliminar a Rosas.
El 3 de febrero de 1852 Urquiza derrotó al gigante Rosas en la batalla de Caseros. El caudillo criollo escapó ileso de la batalla y unos días después del país.
Ésta batalla marcó un momento decisivo en el país, e inició una nueva etapa. Rosas pasó el resto de su vida en el exilio y murió en Southampton (Hampshire, Gran Bretaña).
Resumen Conclusión:
De 1829 a 1832 y de 1835 a 1852 gobernó Buenos Aires Juan Manuel Rosas. Conocido como el gran dictador, fue sin dudas un poderoso estanciero y un caudillo político, que representó los intereses porteños. Ejerció una dictadura y demoró mientras estuvo al poder la organización nacional con el argumento de que el país no estaba preparado. Si bien se lo conoció como el Restaurador de las Leyes, solo sancionó dos leyes en sus casi 30 años de gobierno; Rosas anhelaba la libertad anárquica y despreciaba las reglas.
Rosas tuvo movimientos de resistencia en casi todo el país, protagonizados por unitarios y federales liberales. Montevideo fue el centro de esa conspiración, cuyos métodos eran el terrorismo, el asesinato, el fraude, la unión con el extranjero, confiscaciones. Los opositores sentenciaron a Rosas a gobernar sin un día de tranquilidad. Su fracaso se debió a la falta de unidad en su coordinación y a la diversidad de tendencias que participaron. En su mayoría recurrieron al apoyo extranjero, lo que les acarreó desprestigio frente al caudillo porteño que se mostraba como defensor de la soberanía nacional. Estos solo tuvieron éxito cuando se unieron para luchar contra el dictador.
La oposición fue perseguida y ejecutada durante 15 años en el poder. Los unitarios, con imprudentes golpes de estado, con medidas, arbitrarias, con su recurso a los actos habilidosos, crearon el clima propicio al desprecio por la ley. Fueron éstos quienes tildaron a Rosas como el personaje más siniestro del siglo XIX en la Argentina. Buscando material sobre Rosas me he encontrado con autores que estaban a favor (José M. Rosa), y otros en contra (Dellepiane); Rosas hizo cosas buenas y cosas malas; pero ¿Por qué nunca intentó organizar al país? En todo el tiempo que gobernó ¿nunca se podría haber hecho una constitución? Rosas se equivocó al haber rehusado a su pueblo a un régimen estable y organizado.
Por otro lado debe remarcarse la intención de ejercer una economía proteccionista y favorecer a las industrias locales. Aunque es verdad que siempre terminó actuando con los intereses de Buenos Aires (Ej: La ley de Aduana). También defendió enérgicamente la soberanía nacional ante las pretensiones extranjeras de disponer libre tránsito en ríos nacionales, y nunca dejó de reclamar la devolución de las islas Malvinas por parte de Inglaterra. Y justamente el mismísimo general San Martín lo elogiaba por su patriotismo y defensa contra el extranjero: " El sable, que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sur, le será entregado al general de la República Argentina, don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarnos."
Por otro lado debemos decir que Rosas persiguió y castigó a los unitarios, catalogándolos de salvajes, mientras su gobierno no tuvo nada de federal. El era un federal personalista, lo que lo diferencia con los federales liberales. Centralizó el poder en Buenos Aires, y otorgó a esta provincia el manejo de los fondos de la Aduana. Además las provincias respondían a él, ya que sus respectivos gobernadores habían sido elegidos por Rosas.